Archicofradía de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón de Jesús

 

Viva † Jesús

Mes del Sagrado Corazón de Jesús

Dedicado a los Guardias de Honor

 

LECTURA PREPARATORIA

Para la víspera del primer día de Junio

 

Cediendo a piadosas instancias, el Centro de la ARCHICOFRADIA DE LA GUARDIA DE HONOR DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, se decide a ofrecer a los miembros de esta inmensa asociación un nuevo Mes del Sagrado Corazón de Jesús, especialmente apropiado a las necesidades de sus alas y destinado a hacerles comprender más perfectamente aún, el hermoso título con que la ha honrado el divino Corazón de Jesús.

Por eso, el Centro de la Archicofradía ha creído hacerlo útil dando a este modesto trabajo un fin especialmente práctico: inspirándose en este pensamiento invitar a los Guardias de Honor a considerar el mes de Junio como un ¡alto! espiritual, que les ofrece en medio del año Nuestro Señor Jesucristo a fin de que escudriñen bajo su divina mirada, en qué grado se haya establecido en sus almas el reinado de su Sagrado Corazón.

Las siguientes consideraciones tendrán, pues, por objeto exhortar a los  Guardias de Honor a venir a empapar sus almas en el manantial vivificante de la Herida del Corazón de Jesús y excitarlos a trabajar con nueva energía para llegar al grado de perfección al que Dios les ha llamado para toda la eternidad.

Estas consideraciones formaran como un compendio de la grande y hermosa vida sobrenatural que deben de tener los amados Guardias de Honor, al mismo tiempo que les ayudaran a corresponder a las gracias de elección de que han sido prevenidos y colmados por el Rey de su amor, el dulcísimo Señor Jesús.

Se tuvo la idea de terminar cada capítulo con una piadosa anécdota, un hecho edificante o la narración de algún favor conseguido del Sagrado Corazón, pero se renunció a ello.

Los Guardias de Honor saben ya demasiado bien, por experiencia propia, cuáles sean el poder, la bondad y la misericordia de este Corazón adorable.

Y además, habiendo pasado ya de su infancia espiritual, ¿no era más conveniente proporcionarles el alimento reservado a las almas fuertes y varoniles?

En tal supuesto, solamente seguirá a cada consideración una máxima sacada de los escritos de la Bienaventurada Margarita María, y una oración extractada de las obras de San Francisco de Sales, apropiadas una y otra al asunto que se trate, a manera de ramillete espiritual cogido en el jardín de la Visitación y ofrecido a los amados miembros de la Guardia de Honor, en señal de su unión con el Instituto, al cual se dignó Nuestro Señor revelar su Corazón y confiarle la misión de propagar este culto en el universo entero.

Una colección selecta de oraciones al Sagrado Corazón y el cántico de la Guardia de Honor terminan el opúsculo.

Es de creer que su lectura será provechosa a las almas de buena voluntad, para las cuales se escribió especialmente y a quienes se dirige con preferencia, por ser de aquellas de quien hablando Nuestro Señor a su divino Padre, decía: “Padre Santo, Yo os bendigo porque ocultasteis vuestros secretos a los sabios y los revelasteis a los pequeñuelos.” Para tales almas están reservadas siempre las predilecciones del Corazón humildísimo de Jesús.

He aquí resumido brevemente, por medio del mismo epígrafe de cada capítulo el plan de la piadosa recolección propuesta a la Guardia de Honor durante el mes de Junio.

El primer día, el Guardia de Honor, prestará oído a este conmovedor llamamiento de Jesús:

 

Hijo mío, dame tu corazón

El segundo día, profundizara hasta dónde puede llegar:

La intimidad con Jesús

Intimidad que emana, para la Guardia de Honor, de la elección misericordiosa con que lo ha honrado el Corazón de su buen Maestro.

Reconocerá muy pronto que esta intimidad debe conducirle al sentimiento efectivo de:

La presencia real

Traduciéndose sobre todo en:

El festín eucarístico,

La comunión espiritual,

El recuerdo de la dolorosa Pasión del Salvador

Entonces se presentará al Guardia de Honor la grave cuestión de:

La orientación sobrenatural

tan llena de consecuencias para la eternidad.

Esta orientación la hallará del lado de Dios, y formará al momento la resolución de:

Aspirar al fin

Es decir, a:

Dios solo

Y en adelante en todo, por todas partes y siempre, se propondrá en cada uno de sus actos el:

Agradar a Dios solo

Siendo ya ese gran Dios el único y la seria preocupación de su viaje las playas eternas.

Pero siendo la ruta larga y peligrosa, los caminos largos y difíciles, ¿Cuántas veces las tinieblas y los obstáculos sorprenderán al viajero en medio de la marcha? Un guía le será, pues, necesario y deberá invocarlo; por lo tanto:

Escuchar al Espíritu Santo

Tal será el cuidado principal del Guardia de Honor al principio de esta nueva marcha.

Mas, no obstante, no serían suficientes las inspiraciones de ese guía celestial si faltare la condición esencial de todos los adelantos:

Querer

y como consecuencia indispensable:

El imperio sobre sí mismo

Más aún; el imperio sobre sí mismo sería ineficaz e infructuoso si se ejercitase fuera de lo que los Maestros de la vida espiritual llaman:

El espíritu cristiano.

El espíritu de infancia espiritual.

El espíritu de obediencia.

El espíritu de penitencia,..

de donde se desprende esta conclusión practica:

Haced penitencia

Tal es el decreto que la falta original y nuestras propias iniquidades han atraído sobre la humanidad caída. El sagrado Evangelio le formula con estas amenazadoras palabras: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”

¿Pero en qué consistirá esta penitencia? En un filial:

Amén

Manifestando la sumisión incesante y plena de la voluntad del Guardia de Honor a todo lo que sea la Voluntad de Dios sobre él, y especialmente en:

La filial aceptación de las pruebas diarias

      Como también en la enérgica resolución de huir constantemente, cueste lo que cueste:

Del desaliento

Ayudándose, a este fin, del:

Sursum corda: ¡Levantar el corazón!

y haciendo un último esfuerzo:

Vencer el mal por el bien

Por este supremo impulso, triunfando el Guardia de Honor de su natural cobardía, volverá a coger las riendas de ese glorioso imperio, sobre sí mismo, sin el cual no es posible la salvación.

Puesto así en posesión de su camino, coronará el edificio de su perfección derramando en torno de sí mismo el buen olor de Jesucristo, con el doble ejercicio de:

La mutua dilección

y del:

Piadoso recuerdo de los difuntos

Siendo la caridad el precepto del Señor, y el resumen de toda la vida y de toda la doctrina de Jesucristo, debe el Guardia de Honor, a imitación de su buen Maestro, sellar con ella todas las acciones de su vida.

Pasaran unos días y llegara el término de este bendito mes. ¿Qué le quedara por hacer al Guardia de Honor para terminar este bendito retiro y fortificarse en sus buenas resoluciones, sino el meditar dos verdades importantes capaces de impresionar vivamente a toda alma seriamente preocupada por su salvación eterna?, a saber:

Vamos de paso, moriremos;

Dad cuenta de vuestra administración

De estas graves consideraciones, se deducirá esta conclusión práctica:

Adherirse a Dios

en todo, por todas partes y siempre.

El Guardia de Honor, vencido por el divino amor, exclamara de todo Corazón con la gran Victima del Calvario:

Ecce venio: ¡Heme aquí!

      Y, finalmente, aunará todos los esfuerzos acumulados durante estos días de gracia, recogiendo, para reducirlo a la práctica, este hermoso texto del Sagrado Evangelio:

Todo lo hizo bien

¡Amén!

 

¡Dios sea bendito!

Viva † Jesús

Día Primero

Mes Sagrado Corazón

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

(Oración Inicial para el Mes del Sagrado Corazón)

 

Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente, la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro, para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven. ¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad, que soy muy rudo, oh soberano Maestro, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los flacos, y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer! ¡Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón: socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio de toda necesidad! De Vos lo espera todo mi pobre corazón, Vos lo alentasteis y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: "Venid a mí… aprended de mí… pedid… llamad...” A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues, hoy; y llamo y pido y espero. Del mío, os hago, ¡oh Señor!, firme, formal, y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad.

Amén.

 

DÍA PRIMERO

Hijo mío, dame tu Corazón

 

¿No es este, queridos Guardias de Honor, el don precioso entre todos y el que queremos ofrecer a nuestro Rey amadísimo en este primer día del mes consagrado a honrar a su divino Corazón?

Si, ciertamente; no podemos equivocarnos en el aprecio que de él hace Nuestro Señor, puesto que Él mismo solicita este tesoro, único e incomparable a sus ojos, con este dulcísimo requiebro: “¡Hijo mío, dame tu corazón!”

Estas palabras deben arrebatar nuestras almas en éxtasis de admiración y reconocimiento

¡Un Dios, plenitud de todo bien, soberanamente dichoso en sí mismo, inclinarse hasta su criatura, hasta el más humilde de los hijos de los hombres, para solicitar su amor, implorar el don de su corazón  y mostrarse celoso de poseerle! Esto es un abismo de misericordia, al que debemos corresponder con un abismo de gratitud inefable.

Nada tan conmovedor como la actitud del Divino Maestro, de pie, llamando a la puerta de nuestros corazones. Él lo ha dicho: “Ecce sto ad ostium et pulso; Estoy a la puerta y llamo”

Podría, ciertamente, entrar a viva fuerza; ¿quién resistiría al Todopoderoso? Pero no es así el proceder del divino y  amoroso Dueño; Él se hace humilde, paciente, hasta suplicante: “¡Hijo mío dame tu corazón!”

¡Oh Maestro adorable! Postrados de hinojos os rogamos toméis este corazón, le guardéis y no lo retornéis jamás.

¡Muy a menudo hasta aquí, lo hemos ofrecido, dedicado y aún prostituido a multitud de ídolos que no han hecho más que multiplicar el dolor y los desengaños!… no debe sorprendernos; queríamos engastar esta joya más grande que el universo, en miserables criaturas!  ¡Se ahogaba en ellas, no podía alentar sino en lo infinito, necesitaba de su Dios!

Deberemos, pues, esforzarnos durante este mes, queridos Guardias de Honor, en ofrecer y consagrar a Jesús nuestros corazones cumplidamente y sin reserva.

Dirá alguno, ¿no será aislar nuestro amor al concentrarlo así en un solo objeto?

Muy al contrario: un corazón entregado a Jesús no es un corazón aislado, y mucho menos un corazón egoísta. El divino amor al hacerlo su presa, lo dilata, lo ennoblece, lo entrega y consagra a todos los afectos legítimos.

Acercándose al corazón de su Dios, el pobre corazón humano se despoja de sus flaquezas, de sus miserias, de su amor propio. Engrandecido, purificado, levantado sobre sí, se hace apto para todos los sacrificios.

Testigo, el corazón de los Santos. Porque trasformaron su corazón, consagrándolo al divino amor, llegaron a ser magnánimos, admirables, heroicos. Si queremos buscar la razón de todo lo que grande y sublime han producido, no hay sino considerar su corazón, pues el corazón es de todo hombre.

Ya en la antigua ley, era el corazón de su criatura lo que pretendía el Criador. En las primeras líneas de la Ley Mosaica, se leían estas palabras: “Amarás al Señor tu Dios, de todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.

Al aparecer Cristo Jesús en el mundo, hacia la mitad de los tiempos, formula el mismo precepto, le desarrolla bajo todas las formas, quiere aún que este amor se eleve hasta la unidad: “Cor unum; Padre que sean uno en nosotros y consumados en la unidad”, es decir, en la Trinidad o el amor, pues Dios es amor: “Deus charitas est”

Para poseer este miserable corazón, Dios le persigue con sus tiernas solicitaciones y amorosos llamamientos, y, si es necesario, lo abreva de crueles desengaños, de amargos disgustos, de dolores indecibles… Luego que ha hecho el vacío, se precipita Él en este corazón herido y despojado, para ennoblecerlo, saciarlo, beatificarlo. ¡Dichosos los corazones conquistados así por clamor divino!

Y así será, sin duda, la suerte de todos los verdaderos Guardias de Honor al fin de este mes bendito, si no titubean en suscribir plenamente a esta solicitación de Nuestro Señor.

“¡Hijo mío, dame tu corazón!”

 

Ramillete espiritual

El amor divino me ha vencido, el solo poseerá mi corazón.

Sta. Margarita María

 

Oración

Si, Jesús mío, haced cuanto os agrade de nuestro corazón; pues no queremos poseer de Él ni la más mínima parte; y así os lo damos, consagramos, y sacrificamos para siempre.

Amén.

San Francisco de Sales

 

Oración para todos los días

(Oración Final para el Mes del Sagrado Corazón)

 

¡Oh Jesús!, yo os consagro mi corazón, colocadle en el vuestro, pues sólo en Él quiero vivir y sólo a Él quiero amar; en vuestro Corazón quiero vivir desconocido del mundo y conocido de Vos solo, en este Corazón beberé los ardores del amor que consumirán el mío; en Él encontraré la fuerza, la luz, el calor y el verdadero consuelo. Cuando el mío esté desfallecido, Él me reanimará; cuando inquieto y turbado, Él me tranquilizará.

¡Oh Corazón de Jesús!, haced que mi corazón sea el altar de vuestro amor; que mi lengua publique vuestra bondad, que mis ojos estén siempre clavados en vuestras llagas; que mi espíritu medite vuestras adorables perfecciones; que mi memoria conserve siempre el precioso recuerdo de vuestras misericordias; que todo en mí exprese mi amor a vuestro Corazón, ¡oh Jesús!, y que mí corazón esté siempre pronto a sacrificarlo todo por Vos.

¡Oh Corazón de María!, el más amable después del de Jesús, el más compasivo, el más misericordioso de todos los corazones, presentad a vuestro Hijo nuestra consagración, nuestro amor, nuestras resoluciones. Él se enternecerá a la vista de tantas miserias y nos librará de ellas; y después de haber sido nuestro refugio y nuestra protectora sobre la tierra, ¡oh Madre de Jesús!, seréis nuestra Reina en el cielo. Amén.

V: ¡Sagrado Corazón de Jesús!

R: ¡En Vos confío!

V: ¡Oh dulce Corazón de María!

R: ¡Sed la salvación mía!

V: ¡Glorioso Patriarca San José!

R: ¡Rogad por nosotros!

Día Segundo

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

La intimidad con Jesús

 

Ya no os llamaré siervos, sino amigos. Así decía Nuestro Señor a sus Apóstoles la víspera de su Pasión en el magnífico sermón de la Cena; testamento sublime y resumen maravilloso de su amor a los hombres.

En este hermoso mes en el que los Guardias de Honor se acercan con más amor al Corazón de Jesús, ¿no les parece oír al buen Maestro reiterar estas adorables palabras: “Ya no os llamaré más siervos, sino amigos”, e invitarlos a esa intimidad llena de encantos que existe entre el amigo y su amigo?

A pesar de nuestra profunda indignidad, ¿no querríamos responder a la solicitación misericordiosa de Nuestro Señor? Si, ciertamente, y con toda la alegría de nuestra alma.

¿Quién será capaz de decir las glorias, de narrar los encantos y dulzuras de la intimidad con Jesús?  Si se tiene a honor el relacionarse con personajes distinguidos por sus talentos, fortuna y cualidades eminentes ¿qué diremos de la intimidad con un Dios? ¡Nada le es comparable!

Mas para llegar a esta intimidad y mantenerse en ella, se requiere entrar en comunicación estrecha de ideas, de costumbres, de efectos, de pretensiones y obras con nuestro Señor muy amado: sin esto, la unión no sería posible.

Jesús es dulce, es humilde de corazón, y busca quien se le asemeje para comunicarse con Él familiarmente. Jesús es paciente, caritativo, misericordioso, y pide estas virtudes a los que honra con el nombre de amigos. Jesús es la generosidad, el celo, el amor mismo, y no sabría entablar comercio íntimo con corazones estrechos, egoístas, amadores de sí mismo sobre todas las cosas.

Toca, pues, a cada uno de nosotros, amados Guardias, ver si podemos aspirar a la dicha incomparable de la intimidad con Nuestro Señor Jesucristo.

Acordémonos, sobre todo, que es con los sencillos, los pequeñuelos, las almas puras y ocultas con quienes Él entabla preferentemente estas relaciones deliciosas, que son una muestra de las alegrías de la Patria, y dispongamos nuestra alma a esa felicidad inefable. Quitemos los obstáculos, purifiquemos nuestras intenciones, nuestros afectos, espíritus y corazones, y Jesús vendrá a establecer en nosotros su morada: será el Amado escogido entre millares, trayéndonos consigo todos los bienes.

Extasía el solo pensamiento de que tal privilegio pueda llegar a ser la herencia de unas criaturas tan miserables: casi se dudaría si no tuviésemos la afirmación divina: “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres”

¿Por qué afligirnos, entonces, si nos vemos abandonados, rechazados, desconocidos de aquellos con quienes andamos por los senderos de este triste destierro? Nuestro corazón esta algunas veces acibarado de sus amargas repulsas, de sus crueles desdenes o de su negra ingratitud; y reconcentrándonos irresistiblemente en nosotros mismos, gemimos en medio de este desierto árido donde se extravían nuestras afecciones y desde el cual ningún eco llega a nuestro corazón entristecido. Cesemos de suspirar tras de las simpatías que nos rehúsan, de cavar en la abrasadora arena buscando en ella una vena de agua turbia insuficiente de apagar nuestra sed, mientras que un manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna, se ofrece a refrigerar nuestro corazón plenamente.

Volvamos nuestros maltrechos corazones hacia el corazón amantísimo de Jesús. Pidámosle sea para nosotros el Amigo predilecto, el amigo perdurable, el amigo fiel que no abandona a los suyos en los días malos. Él no espera más que una palabra un suspiro nuestro para socorrernos, para darse, para entregársenos, con todos los tesoros de su ternura.

Una vez admitidos en esta intimidad divina, sepamos prevalernos de ella, y, aunque conservando la actitud profundamente respetuosa que conviene a la criatura así unida a su Señor y su Dios, hablemos al buen Maestro de todas nuestras dificultades, de todos nuestros proyectos, de todas nuestras solicitudes con una entera confianza; el amigo no tiene nada oculto para su amigo. Manifestemos a Nuestro Señor todos nuestros secretos; iniciémosle en los dolores y en las alegrías de nuestra vida, en nuestros temores, en nuestras esperanzas; y después, abandonémoslos plenamente en su ternura, y experimentaremos muy pronto la verdad de estas palabras de la Imitación de Cristo.

“Quien tiene a Jesús, todo lo posee”

 

Ramillete espiritual

No teniendo nada, todo lo hallaréis en el Sagrado Corazón de Jesús.

Sta. Margarita María

 

Oración

Señor mío Jesucristo, Padre amabilísimo de mi alma, os pido de todo corazón perdón del poco amor, temor reverencial y obediencia que os he manifestado hasta el presente. Os pido la gracia de amaros y temeros en adelante con reverencia y afecto filial, con perfecta obediencia a vuestros divinos mandamientos e inspiraciones interiores, y a todas las obligaciones de mi estado; y de imitaros varonilmente en vuestras santas virtudes, estando perfectamente resignado, en todas las cosas, a vuestro divino querer y beneplácito eterno. Amén.

San Francisco de Sales

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

Día Tercero

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

La Presencia real

 

“Quien tiene a Jesús, nada le falta” decíamos con el autor de la Imitación de Cristo al terminar la lectura precedente. Pero ¿sabemos, o más bien, hacemos todo lo que depende de nosotros para poseer este único Amigo tan plenamente como Él mismo desea comunicársenos?

Durante el curso de su carrera mortal, el nobilísimo Hijo de Dios andaba desconocido entre los hombres, por cuya salvación había abandonado la morada de su gloria, revistiéndose con el ropaje de sus miserias y por los cuáles debía sufrir muy pronto la más cruel de las muertes.

Juan Bautista, su Precursor, que conocía bien la infinita majestad de este Dios de amor, exclamó un día dirigiéndose a los judíos: “Hay uno entre vosotros que no conocéis”.

“Si lo hubieran conocido, decía más tarde San Pablo, jamás hubieran crucificado al Señor de la gloria”

¡Cuánto más verdadera es en nuestros días, la palabra del Precursor: hay uno entre nosotros que no conocemos! Y la prueba es, que el Prisionero divino de nuestros tabernáculos es grandemente abandonado, grandemente olvidado, y, muy a menudo, ¡ay!, grandísimamente ultrajado.

Al terminar su peregrinación en la tierra, realizada ya nuestra redención, Jesús, nuestro amado Salvador, no pudiendo decidirse a dejarnos huérfanos, inventó lo que solo amor de un Dios podía inventar, y solo su poder ejecutar. Se constituyó el Amigo, el Compañero, el divino Prisionero de su querida criatura humana. Y eso en todos los puntos del mundo, y hasta la consumación de los siglos.

Mas a fin de ser accesible a todos, a fin de dejarnos plena libertad de ocuparnos de los cuidados de la vida, debió ocultar su presencia adorable. Si no lo hubiese hecho, si hubiese dejado salir de la Hostia un solo rayo de su inenarrable hermosura, este rayo nos hubiera arrobado de tal suerte, que, encadenados al pie del altar eucarístico, no hubiéramos podido arrancarnos de allí ni un solo instante.

Se ocultó, pues, bajo las apariencias vulgares  de un accidente de pan; habiendo cuidado de asegurarnos antes que ÉL estaba allí y que bajo esa frágil Hostia, estaban real y substancialmente presentes, su Cuerpo, su Sangre, su Alma, y su Divinidad.

La palabra de un Dios es infalible. Cierto que ninguno de entre nosotros se atrevería a negarlo; pero prácticamente ¿no la reducimos a letra muerta?

Jesucristo viviendo y residiendo entre nosotros, es un hecho histórico que clasificamos reverentemente en nuestros recuerdos, pero… ¿pasamos más adelante? Una fe viva, operativa, práctica en este dogma adorabilísimo, nos falta frecuentemente.

Que diferente sería “si conociésemos el don de Dios”, si le meditásemos seriamente al pie del Tabernáculo, si contemplásemos con los ojos de la fe esas legiones de Ángeles abismados ante Jesús Sacramentado en una perpetua adoración, si prestásemos el oído de nuestra alma a los conmovedores llamamientos del divino Cautivo, si expusiéramos todo nuestro ser  a los ardores de este sol de amor para ser ilustrados, vivificados, beatificados.

Es verdad; la Eucaristía es un misterio de la fe: Mysterum fidei. Ahí, sobre todo, es Jesús el Dios oculto; Deus absconditus. Pero ¡cuán suavemente se revela Él a las almas puras, fieles y amantes! ¡Qué momentos tan dulces no pasan ellas a sus pies, explotando bajo todos los aspectos el tesoro eucarístico escondido en el campo de la Santa Iglesia de Dios!

Cuando la prueba visita a estas almas, ellas van al Tabernáculo para sacar de allí la resignación y el valor; cuando se ven combatidas por la tempestad, abrumadas de mil solicitudes y agitadas de perplejidades, corren presurosas cerca del Dios-Hostia, para hallar la fuerza, la luz y la paz que necesitan.

Si el aislamiento se deja sentir en su alrededor y un triste vacío se hace en su corazón, vuelven a refugiarse en el Dios de la Eucaristía. Él solo calma tantos pesares. Si estas almas son para Jesús almas de esposas ¿quién podrá decir las delicias que saborearán en su intimidad?

¡Ah! ¡Ojalá que el adorable Amigo del Tabernáculo fuese conocido!... Pronto llegaría a ser la amorosa pasión de todos, el consuelo y paraíso anticipado de todos…

Pero es menester conocerle, y para conocerle acercarse a Él; es menester contemplarle, adorarle y, sobre todo, ¡amarle!

¿Quién dirá el ardor con el cual Él nos llama a sus pies, el apresuramiento con que nos acoge? ¿Quién dirá, sobre todo, los trasportes de su ternura cuando nos apercibe al entrar en el Lugar Santo, para exponerle nuestras necesidades, nuestras penas y miserias?

 

Mirad como al menor ruido

su Corazón adorado palpita

porque su amor reconoció

nuestros pasos.

Por eso late, y por eso puesto allí

en el Tabernáculo, el amado

Prisionero nos llama y tiende

los brazos

 

¡Ay! Con qué indiferencia se responde a tanto amor. Repitamos otra vez: “Hay uno entre nosotros que no conocemos”.

El torbellino de los negocios, las solicitudes de la vida, las preocupaciones de toda clase nos arrastran hacia lo creado, hacia lo sensible y perecedero; y porque nuestro Dios se ha ocultado, se ha velado, a fin de no sernos gravoso ni importuno, nosotros lo olvidamos, pasamos una y otra vez indiferentes delante de su morada, sin enviarle siquiera un recuerdo de nuestra alma, o un suspiro de nuestro corazón.

Sí, verdaderamente somos unos ingratos e insensatos, enemigos de nuestra propia felicidad.

Levántese, pues, el ejército de la Guardia de Honor para vengar al divino Prisionero de los desdenes de las turbas, de las traiciones, de las perfidias, del abandono de los cobardes y de la deserción de los ingratos.

 Los Guardias de Honor no tienen otra misión que amar, consolar al Corazón de Jesús por todos los que ultrajan y no aman.

Desempeñemos noblemente esta tarea, amadísimos Hermanos, y no cedamos a ningún otro la dicha de amar y consolar más a este adorable Salvador, encadenado por amor en el más modesto de nuestros Tabernáculos, para recibir allí la adoración del más humilde  de los hijos de la tierra y consolarnos y colmarnos de los tesoros de su ternura.

 

Ramillete espiritual

Es menester  amar tanto en esta vida al divino Salvador, que nos hagamos una misma cosa con Él, a fin de que jamás nos separemos

Sta. Margarita María

 

Oración

    Dulcísimo Jesús, Salvador mío, y mi Dios, cuánto os debo por el amor que me manifestáis en este divino Sacramento de amor, donde os hacéis más mío que yo vuestro y de mí mismo. ¡Ay! ¡Quien me hará la gracia, siquiera por una vez, de estrecharos contra mí pecho para hacerme una misma cosa con Vos! ¡Oh! ¡Que para siempre este Jesús en mi corazón, que viva y reine en el eternamente; que siempre su santo nombre sea bendito, y el de su Santísima Madre que nos dio tal Hijo! Amén.

San Francisco de Sales

Día Cuarto

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

El Festín Eucarístico

 

Desde su decadencia en el Edén, la pobre humanidad es una miserable famélica. El pecado abrió en el corazón del hombre abismos sin fondo.

Torturado por un hambre extraña, busca, clama sin cesar por un alimento que apacigüe sus indecibles ansias. Sí; ¡el hombre tiene hambre! Tiene hambre de luz, de gloria, de unción, de plenitud, de verdad de fortaleza, de rectitud, de inocencia, de bienaventuranza, de amor, en una palabra, de todos aquellos bienes de que él se gozaba en su origen y que lo saciaban completamente.

¡Dios mío! ¿Quién se los restituirá? El que creó el corazón del hombre se movió a inmensa piedad ante esa multitud de seres, que exclamaba: “¡Tengo hambre!”

Y la divina Sabiduría preparó un magnifico festín, e invitó a él a todos con inefables palabras: “¡Comed, amigos míos; bebed mis amados; comed, bebed, embriagaos!...”

Para esto se instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía.

Sí; repitámoslo; no era bastante para un Dios abrasado de amor fijar a perpetuidad su residencia sobre nuestros altares: quería hacer más. ¡Necesitaba hacerse comida, alimento, hostia y, salvando todas las distancias, destruyendo todos los obstáculos, multiplicando los prodigios, no reparó en lanzarse de su tabernáculo a nuestro miserable corazón; en unirse a nuestra pobre alma; en darse a nosotros por alimento y bebida; en ser nuestra luz y nuestra fuerza, nuestra beatitud y nuestra dicha!…

La pobre humanidad se estremeció de alegría con este divino contacto. Lo había comprendido; esto eran las nupcias místicas, la prenda suprema y el último esfuerzo del misericordioso e inefable amor de Dios. En adelante ya tendría vida, podría saciar su sed abrasadora.

La víspera de su cruento sacrificio, y durante el último festín pascual, fue cuando Jesús se lanzó así todo  entero, bajo el velo de una humilde y silenciosa Hostia, a fin de unirse a nuestras almas, de alimentarlas con su sustancia, de ilustrarlas con sus esplendores y hacerlas bienaventuradas aun en este valle de lágrimas.

Amó hasta el fin, in finem. Nos amó con un piélago de amor, nos amó con un amor que no conoce barreras, ni divisa límites.

¡Cielos admiraos! ¡El Pan de los Ángeles llega a ser el Pan del hombre! El pobre, el pequeñuelo, el siervo, el esclavo pueden alimentarse con su Señor.

Sin duda que la humanidad entera va a responder con un grito de amor y reconocimiento a este exceso del que viene a redimirle.

La sala del festín se llenara de convidados, correrán en masa, querrán todos alimentarse con el celestial manjar ¡Ah que ilusión! Tal es el corazón del hombre, que le cuesta creer en el amor de su Dios, y aun creyendo, es muy lento y perezoso para corresponder a él. Se aterra, titubea, retrocede, quiere que se le inste: compelle intrare. ¡Será menester un precepto que le obligue, una sentencia que le amanece de muerte, si rehúsa participar en la Vida!

¡Oh Maestro adorado! ¿No os cansareis de nuestras tibiezas, de nuestros desprecios, de nuestras ingratitudes? No, mil veces no. El Dios-Hostia es un Dios paciente, porque es un Dios amante y el amor no se desconcierta nunca. Él nos esperara, nos llamará, nos perdonará, y siempre estará pronto a entregarse al más humilde, al más pobre, al más pequeño. Pero, ¡con cuanto mayor apresuramiento desea darse a los que tienen hambre y sed de su Jesús-Hostia! ¡Aquellos, sí, serán verdaderamente saciados!

Sin duda que entre esas almas dichosas se hallarán sus fieles Guardias de Honor. Sí, amados Congregantes, aspiremos cual ninguno a comer cada día nuestro Pan sobresustancial, panem nostrum supersubstancialem, seamos los convidados presurosos del Festín Eucarístico.

¿Nos aterra tal vez nuestra indignidad?

Pero, ¿Quién será jamás digno del banquete de los Ángeles? Nuestra indigencia y miseria son nuevos títulos para reclamar la entrada en la sala de las divinas nupcias… ¿Pretextamos nuestra impotencia a disponernos a la Sagrada Comunión? Más el deseo, la humildad, el amor son la más excelente de las preparaciones, y al alcance de todos esta excitar en su pecho tales sentimientos.

Para suplir además a nuestra insuficiencia, pidamos a María nos preste los ardores de su Corazón purísimo y las Santas disposiciones que ella tenía cuando recibía a Jesús.

Desgraciadamente nos veremos a menudo fríos, insensibles, de mármol en presencia de nuestro adorable Señor reposando en nuestro pecho; ¿qué hacer entonces? Anonadarnos a sus pies y ofrecer al Padre Eterno las operaciones de su amado Hijo. Este divino Hijo adora, alaba, magnifica, se inmola, ¡qué momentos, Dios mío, más preciosos!

No nos privemos jamás voluntariamente de ir a recibir a Nuestro Señor. Una sola comunión bien hecha confiere al alma tanta hermosura sobrenatural, que establece una diferencia incomparable entre una persona que acaba de recibirla y otra que se ha abstenido de ello.

Iremos, pues, nosotros, queridos Guardias de Honor; si, iremos humildes y confiados al festín del Amor, a donde el Amor nos convida, a donde el Amor se da y dándose, nos da con él todos los bienes. Pero sobre todo, iremos con la mayor frecuencia posible. La Comunión ¿no debiera ser el Pan cotidiano del fiel Guardia de Honor?

 

Ramillete espiritual

Este divino Amor que reside sobre nuestros altares no nos predica sino el Amor, a fin de que por El mismo, podamos devolverle todo el amor que espera de nosotros.

Santa Margarita María

 

Oración

Padre Eterno, yo ofrezco a vuestro honor y gloria y por mi salvación y la de todo el mundo, la institución del Santísimo Sacramento del altar que nuestro Salvador realizó con tanto amor en la Última Cena, el fin altísimo que se propuso en esta acción, aquel acto de humildad tan singular que practicó cuando lavó los pies a sus discípulos y aun al traidor Judas, y el tormento que sintió en su Corazón por sus pecados y perdición. Os doy gracias de todo eso, os amo y bendigo infinitamente y os pido, por los méritos de este misterio, perdón de la poca preparación, devoción y reverencia con la cual yo me he presentado a este divino Sacramento y le he ofrecido en el altar de Vuestra Majestad; suplicándoos me concedáis la gracia de ser en adelante devoto y hambriento de este celestial manjar y saciarme de Él para la salvación y provecho de mi alma. Amén.

San Francisco de Sales

Día Quinto

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

La Comunión espiritual

 

Comulgar, es unirse; es entrar en comunicación de ideas y de sentimientos de vida y subsistencia, sea con un ser, sea con una cosa.

Hay comunión con los pensamientos, con los deseos, con los sentimientos de un padre, de un esposo, de un hermano, uniéndose tan íntimamente a ellos que se les haga como nuestros.

Hay comunión con las ideas, con los proyectos, con los afectos de un amigo, es decir, que nos los asimilamos haciéndonos uno de ellos.

Hay comunión con las hermosuras de la naturaleza, identificándonoslas por una simpática y deliciosa atracción.

¿Y de cuantos otros modos no podemos comulgar con los objetos que nos rodean? Pero hay una unión muy de otro modo superior y deseable entre todas, a la cual nos invita Nuestro Señor Jesucristo.

Para llegar a esta unión con su frágil criatura, Él, ha colmado los abismos y salvado las distancias. Está allí, bajo una partícula de Hostia consagrada; podemos cogerla, asimilárnosla, comulgar con su sustancia y transformarnos en Él.

Tal es el honor inmenso reservado a los hijos de la Santa Iglesia. Por eso el banquete sagrado que les presenta ese alimento, que les pone en  posesión del mismo Corazón Divino, es el objeto de sus supremas acciones de gracias.

Pero, solamente una vez a cada aurora, pueden prevalerse de don tan estimable.

Entre tanto, y para mitigar el ardiente deseo de repetir el adorable encuentro, se les ofrece lo que la teología llama la Comunión espiritual.

Ensayamos el comprender y apreciar su saludable práctica.

Fuera del Santo Sacrificio de la Misa, o no pudiendo recibir a Nuestro Señor corporalmente, ¿se suple a esto con ferviente deseo de unirse a Él? ¿Pensamos en multiplicar durante el día nuestras Comuniones espirituales? Necesario será responder negativamente y hallar el motivo de ello en la falta de amor a Nuestro Dios.

En efecto, la Comunión espiritual ¿no se resume en un acto de deseo? ¡Luego no se desea lo que no se ama! ¡Luego no se ama lo que no se desea!

Si nuestras relaciones con Jesucristo son puramente especulativas y más bien fruto del raciocinio que del corazón, permaneceremos secos, fríos, estériles y no experimentaremos de ningún modo esa necesidad de unirnos a Él que constituye la comunión espiritual.

Más para un alma apasionadamente enamorada de los encantos de su Dios y herida con esta flecha escogida que le ha lanzado el divino Cazador, nada le es más familiar que esos suspiros de amor que de su corazón van al Amado, lo llaman, lo persiguen y lo abrazan: la Comunión espiritual no es otra cosa.

Es, pues, un hambre de amor, un transporte hacia Jesús, un llamamiento a su ternura:

“Salvador mío, yo os amo, y porque os amo, quisiera encontraros, poseeros, unir mi corazón al Vuestro. No siéndome posible, ¡oh mi amadísimo Señor!, os suplico me bendigáis y os dignéis concederme las mismas gracias que si os recibiera realmente.”

He aquí la Comunión espiritual.

Diréis quizá: pero para hacer eso se necesita amar y mi alma esta desierta; es como una tierra árida y seca; es insensible y dura como una roca ¿Qué hacer para que brote una chispa?

Cierto, la pobre alma se halla algunas veces tan impotente y tan desolada, que es incapaz de sacar nada de su propio fondo. Entonces es necesario un esfuerzo; costoso, es verdad, pero cuán meritorio. Un choque violento hace salir fuego de la más endurecida piedra. Aunque fuésemos como una roca, hiramos este corazón frío e indiferente, obliguémosle a abrirse, a darse, a amar. “Dios mío yo no siento nada, nada puedo, ni siquiera tengo el deseo de amaros, pero no importa; quiero protestar contra mi entupida indiferencia, deciros que os amo y que os suplico vengáis a visitarme y a abrasarme.”

Cuando el alma se halla en un estado menos penoso, la Comunión espiritual le es un dulce refrigerio, pues nos indemniza hasta cierto punto de la ausencia de Nuestro Señor, nos lo hace de algún modo presente, es para nosotros el acueducto de mil favores celestiales.

Siendo sobre todo la Comunión espiritual negocio de corazón, de amor y de deseo, responde admirablemente a las intenciones del Corazón de Jesús: es un culto tributado a Sagradol Corazón, bajo la forma más accesible a todos y ciertamente una de las más provechosas devociones.

Queriendo un día el Salvador hacer conocer a Santa Catalina de Siena la satisfacción que le daban sus comuniones, se las mostró encerradas en dos vasos preciosos: en uno de oro conservaba sus Comuniones sacramentales; en otro de plata, guardaba las espirituales.

Él decía también a la bienaventurada Margarita María: “Tengo tanto placer en ser deseado en el Sacramento de mi amor, que cuántas veces el corazón humano forma este deseo, otras tantas lo miro Yo amorosamente para atraérmele”

¿No es verdad, queridos Asociados, que estas revelaciones nos alentarán para multiplicar más aún nuestras comuniones espirituales? Puesto que el deseo y el amor bastan, ningún pretexto podemos alegar que nos impida ofrecer al Corazón de Jesús ese consuelo y procurar a nuestra alma las gracias que emanan de tan santa práctica.

¿Sería pedir demasiado el fijar en tres diarias estas Comuniones espirituales: por la mañana, al mediodía y a la noche? No, no es mucho; en recompensa esperemos confiadamente que el amor divino tomara tal posesión de nuestras almas, que las hará entrar, aún en este mundo, en esa permanente comunión que constituye la verdadera comunión con Jesús, y que es la vida y bienaventuranza de las almas glorificadas en el Cielo.

 

Ramillete espiritual

“Yo he escogido tu alma para ser mi cielo y mi descanso sobre la tierra y tu corazón será un trono de delicias a mi amor divino.”

Palabras de N. S. a Santa Margarita María.

 

Oración

¿Quién soy yo y quien sois Vos, oh Dios mío, que venís a mí? ¿De dónde me viene la dicha de que no rehuséis habitar en mi alma pecadora? Sed bienvenido oh divino Esposo de mi alma. Besadme puesto que lo queréis con el sagrado beso de vuestra boca y suplid por el exceso de vuestra bondad a todas mis iniquidades y miserias; que sea esta la sagrada prenda de la íntima unión y de la trabazón indisoluble que pretendéis hacer con mi alma.

Amén.

San Francisco de Sales

Día Sexto

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

El recuerdo de la dolorosa Pasión de Jesús

 

La intimidad con Jesús por la Comunión, trae como consecuencia necesaria la comunión con sus dolores. ¿Sería amar a Jesús el participar de su festín y rechazar su cáliz?

Por eso la devoción a la Pasión de Nuestro Señor, es entre todas las devociones cristianas una de las más fecundas en frutos de gracia y santificación. Con justo título se la llama “la devoción de los predestinados.”

No solamente ella abre a las almas los caminos de la perfección, sino que su práctica sostenida puede conducirlos a la cima de la santidad. Esto se explica fácilmente: el frecuente recuerdo de los sufrimientos de Nuestro Señor, es un freno que reprime nuestro atractivo al placer y nuestra natural inclinación al mal; es como una levadura que nos lleva al bien y nos excita a la virtud; en una palabra nos sirve de aliento y fortifica en las luchas y los dolores de la vida.

Cuando un alma ha contemplado al Salvador agonizando en el huerto de los Olivos, escuchado su queja y el doloroso Fiat, se siente más resignada en la hora de la angustia y el abandono. Si los amigos le hacen traición,  ella se acuerda del traidor que entrego a su buen Maestro y entonces se mitiga su dolor. Cuando ve al Señor de la Gloria, su adorable Salvador, azotado, coronado de espinas, despreciado y cubierto de ignominiosas salivas, la murmuración espira en sus labios al verse ella misma atacada y desgarrada con procederes injustos. En seguimiento de su Jesús subiendo al Calvario cargado de una pesada cruz, empieza ella a amar la suya y a llevarla más animosamente. Al considerar al Santo de los Santos, contado entre los malvados, ¿se quejaría ya de los desprecios e injurias de que puede ser objeto?

No, no; tras un Maestro tan generoso, no sería posible sufrir cobardemente, ni rehusar una parte de su cáliz.

Luego estando la vida tan llena de amarguras y dolores ¿no ha de ser útil y preciosa entre todas la devoción que nos excita al valor, a la paciencia, a la resignación?

Y esta devoción que para nuestras almas es un manantial de gracias y bendiciones, es también infinitamente amada por Nuestro Señor; porque al fin, su Corazón dulcísimo, no podía menos de ser accesible a los mismos sentimientos que hacen latir nuestro pobre corazón.

¿Quién no sabe con qué complacencia un padre y una madre de familia tienen gusto en recordar a sus hijos las penas y trabajos que han sufrido para asegurar su porvenir y recoger de ellos testimonios de reconocimiento filial?

Eso mismo sucede a nuestro buen Maestro; lo que hacía decir a San Agustín, que una sola lágrima derramada al recuerdo de su Pasión, era más agradable a Nuestro Señor que ayunar un año a pan y agua.

Esta devoción fue la de todos los Santos. El gran Apóstol se gloriaba “de no saber sino Jesús, y Jesús crucificado”

El melifluo San Bernardo se había compuesto de todos los sufrimiento del Salvador un hacecillo de mirra, que llevaba constantemente sobre su corazón; y aseguraba que el solo pensamiento de la Pasión de Nuestro Señor, es una comunión espiritual. El Serafín de Asís veía por todas partes a su Jesús inmolado: la sola vista de un corderillo se lo recordaba y le hacía prorrumpir en lágrimas. ¡Cuánta suavidad no han gustado en todo tiempo en la contemplación de las amarguras de Nuestro Señor sus fieles esposas de todos los siglos!

Nosotros, Guardias de Honor, hijos del calvario y del altar, donde se han cumplido y se perpetúan las Pasiones de nuestro divino Rey, reclamemos, entre todos, la dicha de embriagarnos con su cáliz: Cruce hac inebriari. Sí, este cáliz es embriagador, y el que una vez ha puesto sus labios en él, no quiere ya gustar otra bebida.

Durante este mes consagrado a los grandes misterios del infinito Amor, nosotros nos saciaremos con la contemplación de los dolores de nuestro tierno e inmoladísimo Jesús; si es posible haremos el Vía-Crucis cada día, tomaremos por punto de meditación una de las circunstancias de la dolorosa Pasión del Salvador, y a las tres de la tarde nos complaceremos en rezar tres Padre Nuestro y tres Ave María con los brazos en cruz, en recuerdo de las tres horas de la crucifixión.

Las almas piadosas suelen quejarse de la esterilidad de su corazón en el servicio de Dios, de la oscuridad de su camino, de la falta de unción, de valor y trasportes de deseos en sus ejercicios de piedad. El remedio está en su mano, no titubeamos en decirlo: meditad todos los días algunos instantes la Pasión de Nuestro Señor, y sentiréis muy pronto volver a aparecer la luz, deshacerse el hielo, despertarse el ardor para el bien, y el amor de Jesús dominar en nuestra vida. Es un hecho que confirma la experiencia y nadie puede negarlo.

Animémonos con una emulación santa a ver quién de entre nosotros, amados Guardias de Honor será el más amante, el más reconocido hacia Nuestro Señor por el amor inmenso que le ha llevado a sufrir, a inmolarse y a morir por nosotros en la cruz.

 

Ramillete Espiritual

Yo no puedo ver ni amar otra cosa que mi Jesús paciente, y compartir sus dolores.

Santa Margarita María

 

Oración

Señor Jesucristo, que habéis llevado por mi amor la Cruz sobre vuestras espaldas, haced que yo abrace de buen grado la cruz de la mortificación, y que la lleve diariamente sobre mi corazón. Amén.

San Francisco de Sales

Día Séptimo

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

La orientación sobrenatural

 

Hemos oído desde el principio de este bendito mes, la súplica tiernísima que nos ha hecho Jesús de que le demos nuestros corazones.

Luego hemos visto como este dulcísimo Salvador, no pudiendo separarse de su amada criatura, se ocultó bajo el velo eucarístico, para comunicarse más íntimamente a ella y hacerla vivir su divina vida.

En fin, nos hemos sentado, al menos en espíritu, a la mesa que su amor ha preparado a nuestra flaqueza, a esta mesa cuyo alimento y bebida debía sustentarnos durante el difícil trayecto del tiempo a la eternidad.

Debemos reconocer ahora que por fortificante que sea este viático y por indefectible que sea el amor de Jesús, ni uno ni otro obrarán en nuestras almas, sino conforme a su orientación sobrenatural.

La rápida travesía que hacemos por la tierra, es comparada a menudo a una travesía peligrosa, sobre un mar fecundo en escollos y naufragios.

Comparación exactísima.

Cada uno de nosotros, al entrar en la vida, ve su débil esquife lanzado sobre el mar tempestuoso de este mundo, debe luchar contra el furor de las olas, la violencia de las tempestades, el pesar, el tormento, las angustias, el terror, sobre un abismo siempre abierto y pronto a tragarnos. ¡Qué espectáculo! Débil imagen, sin embargo de los riesgos que nos amenazan y de los peligros que nos esperan: a ninguno se exceptúa.

Ciertamente no nos había preparado la Providencia este lote de dolor; ha sido solo, fruto del pecado.

Bajemos, pues, la cabeza; procuremos resueltamente escapar de estos espantosos peligros, hacer una travesía feliz y llegar sanos y salvos al puerto.

Uno de los medios de seguridad de que se prevé el piloto cuando se embarca y se entrega a merced de las olas, es del pequeño instrumento llamado brújula. Por medio de ella, se orienta sobre la superficie movible de las aguas, y dirige seguramente su marcha a través del formidable océano; esta orientación es la base de todas sus operaciones navales.

Tal es la orientación sobrenatural en que el Corazón de Jesús quiere instruir a los amados Guardias de Honor. Escuchemos lo que se digne enseñarnos.

Orientar la vida sobrenaturalmente. Gran ciencia, necesidad de primer orden y, no obstante, a pocos preocupa.

De ahí, en efecto, el abandonar su vida a los caprichos de la fortuna, a la movilidad e inconstancia de mil impresiones y mil corrientes que fascinan y arrastran, yerran, se extravían, se desvanecen, chocan y finalmente se estrellan en escollos sin cuento. ¿No es esto la historia universal e invariable de una multitud de seres?

Que los paganos obren de ese modo, fácilmente se concibe; nadie les ha enseñado a mirar a lo alto, a orientarse por el camino del cielo.

Que los inconsecuentes, los distraídos, los descaminados naveguen igualmente entregados a todos los vientos, sin cuidado de su porvenir eterno, también se explica. Pero que los cristianos, los Guardias de Honor sobre todo, abandonen así su vida a la ventura, esto es lo que no se puede concebir.

¿No tienen ellos como estrella polar en medio de su cielo, ese hermoso Corazón de Jesús que se llama así mismo: “La Estrella brillante, la Estrella de la mañana?” ¿No deben, por tanto, con la ayuda de la fe, verdadera brújula del cristiano, dirigir sin cesar sus miradas hacia ese astro benéfico para iluminar su ruta, preservarse de los escollos y llegar seguramente al término de su viaje?

Sí, amados Asociados, sepamos prevalernos de ese faro luminoso que ha colocado Dios en nuestro camino; y mientras que la mayor parte de los hombres viven encorvados, por desgracia hacia la tierra, miremos nosotros a lo alto, busquemos nuestra estrella, marchemos iluminados por sus resplandores celestiales, que ella nos conducirá a las riberas de una eterna bienaventuranza.

Orientar la vida del lado del cielo, es dirigir la mirada del alma hacia el Señor antes de empezar alguna obra, para inspirar en Él nuestras determinaciones y resoluciones. Lo es igualmente el preguntarse a sí mismo de dónde vengo, a donde voy. Es, en fin, caminar en la verdad y llegar con seguridad al término. Así orientados, ¡qué firmes estaremos en la hora de la tormenta! ¡qué seguros en la navegación aun en medio de la deshecha borrasca!

Si nuestro corazón estuviese abrasado del amor divino, él nos serviría incesantemente de brújula para dirigirnos hacia nuestro Dios. Así como el imán atrae al hierro, el amor nos dirigiría invenciblemente hacia Aquel que es el foco del amor. Y así es el corazón de los Santos, estaba siempre inclinado hacia el polo bienaventurado donde reinaba el dulcísimo Imán de sus amores.

Amemos, pues, amemos con todas nuestras fuerzas; y nuestros ojos y corazón se orientarán por sí mismo hacia nuestro amadísimo Salvador. Fácilmente perderemos de vista las alegrías efímeras, los objetos que apasionan, las frágiles dichas de esta pobre vida. Nos haremos celestiales y nuestra conversación estará constantemente en el Cielo, según a ello nos exhorta el gran Apóstol.

Poco a poco se nos hará familiar esta bienaventurada disposición; desde el amanecer busquemos nuestra estrella; una mirada a Jesús, un transporte de nuestro corazón hacia Él y ya quedamos orientados.

¿Nos ocupan los estudios? ¿Nos entregamos al trabajo? ¿Vamos a desempeñar nuestros deberes? Levantemos los ojos al Cielo, sobrenaturalicemos esos trabajos, esos estudios, el desempeño de esas obligaciones. Entonces, no solamente esos actos, sino nuestra vida entera, tenderán al fin supremo que debe perseguir todo cristiano en la tierra: Dios, su gloria, el cumplimiento perfecto de su Voluntad santísima.

Ahí solamente se encuentra la seguridad, la paz, la dicha. Buscar a Dios, aspirar a Él, obrar, sufrir bajo su divina mirada con el deseo de agradarle, mientras esperamos ir a arrojarnos en sus brazos como se precipita en los de su tierno padre el hijo que vuelve al hogar paterno.

Tal es el término bienaventurado a donde nos conducirá esta saludable enseñanza del Corazón de Jesús a sus fieles Guardias de Honor: la orientación sobrenatural de su existencia en la tierra.

 

Ramillete espiritual

¡Ah! No es preciso comprender cuanto adelantan las almas llamadas a este perfecto abandono de sí mismas, cuando son fieles en dejarse conducir por el Piloto divino, en la barca segura de su Corazón amoroso.

Santa Margarita María

 

Oración

Señor mío Jesucristo, conceded a mi alma la gracia de que se disguste por vuestro amor de todas las cosas de la tierra, que aspire a la eternidad y que os desee como el colmo de la dicha. Amén.

San Francisco de Sales

 

Día Octavo

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

Tender al fin

 

Buscar a Dios: tal ha sido la deducción de nuestra meditación última; tal será, pues, el fin hacia el cual deberán tender en adelante nuestros esfuerzos.

¡El Fin!... ¿Cuál es el fin verdadero al que todo hombre viandante debe aspirar en la tierra, perseguir y por último alcanzar? Preguntas son, ciertamente de tan extraordinaria entidad, que importa hacerse a menudo y estudiar bajo la mirada de Dios. Nuestros más queridos, nuestros más grandes intereses se refieren a ellas, porque la respuesta ha de ser, respuesta de vida o de muerte eternas.

Ensayemos, pues, queridos Guardias de Honor, profundizarlas en la escuela del Corazón de Jesús, a fin de sacar consecuencias prácticas que regulen nuestra conducta diaria.

Este problema del fin de la existencia, formidable para los desgraciados a quienes no ilumina la luz de la fe, es siempre para ellos insoluble y arroja su espíritu en un dédalo inextricable.

Pero, el más pequeño parvulillo de la gran familia cristiana, ilustrado con esta divina antorcha, lo resuelve sin dificultad alguna.

En efecto; desde las primeras líneas de su catecismo, lee ya este cristiano de un día, aprende y nos revela “que Dios nos ha creado para conocerle, amarle y servirle en esta vida, y después gozarle en la eterna”.

Son cuatro palabras sencillas, pero de una profundidad tan admirable, que definen el fin hacia el cual debe tender toda alma salida de las manos del Criador.

No hemos sido arrojados al acaso sobre este lugar de destierro, solamente para trabajar en él, sufrir y morir. Tampoco para buscar los deleznables bienes, los presuntuosos honores, las pobres alegrías de este mundo. Locura sería encastillarnos en el rincón de la tierra que habitamos, y adherirnos a ella como herencia suficiente a nuestros destinos. Sería el colmo de la insensatez aficionarnos a lo que pasa, poner en ello nuestro corazón, buscar en lo perecedero nuestro alimento, nuestro descanso y fin último, porque todo eso, incomparablemente más pequeño que el hombre, es en absoluto impotente para saciar la sed de felicidad que nos consume.

El fin, el verdadero fin y único que tenemos en esta vida es conocer a Dios, amarle y servirle, para luego gozarle por la eternidad de eternidades. Nada más elemental, y sin embargo nada más sublime; nada tan necesario, y no obstante, nada menos estudiado, menos comprendido y sobre todo menos practicado en nuestros días. ¡Oh Señor! Iluminadnos, mostradnos nuestro fin y dignaos concedernos la gracia de tender invenciblemente a él.

Si reflexionamos un poco, queridos Asociados, veremos, en efecto, que lo que nos preocupa, nos apasiona y nos atrae en esta vida, es muy lejos de ser este móvil superior. Ante todo, queremos andar tras los honores, los bienes y los goces de este mundo, crearnos una gran posición, establecernos suntuosamente, conceder, en fin, al espíritu, al corazón, a todos nuestros sentidos lo que sensiblemente les cautiva y les encanta. Tales son los múltiples fines que persiguen la mayor parte de los hombres. ¿Y qué resulta? Que llegados al término de la carrera sin lograr el fin verdadero, exclaman dolorosamente: ¡Erravimus! Nos hemos engañado. ¡Ay! ¡Ya es demasiado tarde! Habiendo salido del plan divino, no habiendo hecho del conocimiento del amor y del amable servicio del Señor el fin de sus esfuerzos, no ha sido posible llegar al término de la vida a la bienaventurada eternidad, sino al abismo de la muerte, a la muerte eterna.

Desgraciadamente estas verdades capitales, son muy olvidadas en nuestros días; no sabríamos nosotros, queridos Guardias de Honor, considerarlas demasiado a menudo para impregnar en ellas nuestro espíritu, acomodar a ellas nuestras acciones y vivificar con ellas nuestra vida.

Que desde que despertamos hasta la hora del descanso, el fin verdadero, es fin sobrenatural esté sin cesar delante de nuestros ojos.

Antes de decidir un proyecto, de tantear un negocio, de ejecutar una acción cualquiera, preguntémonos: ¿de qué me servirá esto para la eternidad? Durante el curso del día, suspendamos un instante nuestras ocupaciones para examinar si lo que practicamos tiende a hacernos conocer, amar y servir a Dios. Si la respuesta es negativa o, solamente dudosa, no titubeemos; rectifiquemos lo que la mirada de nuestro Padre Celestial no podría aprobar, ni su amor recompensar ni bendecir.

Implícitamente, todo lo que es conforme a la ley de Dios, a nuestros deberes de estado, a nuestra tarea providencial, puede conducirnos al fin.

Pero acordémonos siempre, queridos Guardias de Honor, de que Dios no nos ha creado para buscar nuestras satisfacciones personales, para ser y hacer lo que se nos antoja, para abandonarnos a los caprichos de nuestra voluntad y a los deseos de nuestro corazón. No, mil veces no. El Señor se ha propuesto un fin más glorioso para Sí y más ventajoso para nosotros. ¡Nos ha hecho para Él! Salidos de su seno por el acto creador, debemos volver a Él después de los días de prueba que se nos han destinado en esta vida transitoria, para conquistar la gloria de una felicidad eterna. Luego, no olvidemos nunca, que por el conocimiento, el amor, y el leal servicio de nuestro Dios, conseguiremos este noble fin.

 

Ramillete espiritual

Debéis ofreceros a Dios como una nada a su Criador, para que le dé el ser que le agrada sin que halle en él resistencia.

Santa Margarita María

 

Oración

Bendice, alma mía, a tu Dios y que todas mis entrañas alaben su santo Nombre; pues su bondad me ha sacado de la nada y su misericordia me ha creado. ¡Oh Dios mío! Yo os ofrezco el ser que me habéis dado, y con todo mi corazón os lo dedico y consagro.

Amén.

San Francisco de Sales

Día Noveno

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

Sólo Dios

 

Solo Dios! Tal debe ser el único fin de la orientación sobrenatural de nuestra alma.

Pero, ¿nos hemos hecho cargo alguna vez del alcance de estas divinas palabras?

¡Ah, cuántos arcanos de dicha encierran en su concisa expresión! Por eso todos los Santos las han estudiado y se han ejercitado en practicarlas. En efecto, ellas son suficientes, porque lo comprenden todo, al mismo tiempo que iluminan nuestra vida, la orientan, la divinizan y beatifican; todos los que han vivido de Dios solo, confirman con su aserto esta verdad.

Quien ha comprendido bien el sentido de la frase “sólo Dios”, ha conquistado una ciencia superior a toda ciencia, y ha saboreado ya sobre la tierra una felicidad inalterable.

¿Qué encontraremos en este triste destierro, sino mil achaques penosos, crudelísimas decepciones, una infinidad de revelaciones dolorosas que hieren, disgustan el alma y la deprimen, quebrantan el corazón y lo envejecen y aniquilan?...

No es extraño; corrimos tras las sombras, nos aficionamos a la nada, nos apoyamos en nuestra propia fragilidad y miserias, edificamos en el aire. Toda criatura es vanidad, nos decían; tal vez lo creímos; pero era menester que una dolorosa experiencia nos lo revelase de un modo indiscutible, y cuando llego la prueba…. entonces exclamamos: “¿Dónde descansara mi corazón, dónde hallar luz para la inteligencia, el alimento sustancial que da la vida, la saciedad, en fin, que mi alma ansía en el camino del destierro?”

He aquí la respuesta:

Buscad a Dios, solo a Dios, lo demás es menos que nada. Si deseamos beber, acudamos al manantial; si queremos la vida, vayamos al Ser Omnipotente; si pretendemos crecer, prosperar, obrar, amar verdaderamente, recurramos solo a Dios. Digamos una vez más: Él es todo y fuera de Él, todo es nada, menos que nada, una figura, una sombra pasajera, según la palabra del Apóstol: “Pasará la figura de este mundo”. ¡Que difícilmente acepta nuestra pobre naturaleza esta doctrina! Ella quiere lo visible, lo que se palpa y se toca. Lo invisible, la desconcierta. Lo que no cae bajo sus sentidos, lo desprecia o lo descuida; de ahí su misma pobreza.

No ve ella a Dios, es verdad; ¿pero no se lo muestra la fe  por todas partes llenándolo toda, dando la vida a cuánto existe? “En Él, dice San Pablo, tenemos el ser, el movimiento y la vida”. Como el pez que se mueve en su líquido elemento, nosotros estamos impregnados y rodeados de Dios; sin embargo, cuán poco ¡ay! nos ocupamos de Él. Puede, pues, muy bien decir: “he alimentado a mis hijos, y ellos me han despreciado”.

No seamos del número de esos locos e ingratos, queridos Asociados. Imitemos a los Santos y a los amigos de Dios, que han sabido buscar, encontrar y poseer solo a Dios. Puede asegurarse que la paz serena que brilla siempre en su frente, es el resultado de la constancia que tienen en aspirar solo a Dios. Ellos le buscan y le encuentran bajo el velo de todas las criaturas, a través de los acontecimientos múltiples de la vida, lo poseen por una mirada de fe, lo abrazan con ardiente amor. Esta suprema hermosura los ha arrebatado, y ellos le han sometido y entregado todas las energías de su voluntad, todas las aspiraciones de su corazón.

Poseyendo este tesoro único, son ricos en el seno de la indigencia; están tranquilos en medio de la borrasca; son inquebrantables en la adversidad.  Ellos exclaman con San Francisco de Asís: “¡Dios mío y todas mis cosas!” Su alma entera se exhala en estos sublimes acentos.

Sí, queridos Asociados, en adelante estas palabras: solo Dios, sean nuestra única divisa. ¡Ay, Ay! se nos escapa la vida con extrema rapidez, llevándose a la eternidad la suma de las buenas obras que hacemos, y también la pesada carga de los pecados que acumulamos sobre nuestras cabezas; ¡pasaremos! Y muy pronto nadie pensara en nosotros.

En vista, pues, de esta instabilidad de las cosas humanas, desprendámonos de todo lo perecedero, para no aficionarnos y apegarnos sino a lo que es eterno, solo a Dios.

Sí; solo Dios en nuestros pensamientos, solo Dios en nuestras intenciones, solo Dios en nuestros afectos, solo Dios en nuestros trabajos, solo Dios en nuestras penas y en nuestras alegrías: Él está en todas partes, es el Todo y lo demás menos que nada.

Corazones tan grandes como los nuestros, no se contentan con menos que con su Dios. San Agustín lo experimento en sí mismo con manifiesta evidencia. Después de haber agotado el cáliz de las falsas alegrías de la tierra, exclamaba confundido: “Habéis criado mi corazón para Vos, Señor, y estará inquieto y turbado hasta que descanse en Vos”.

Vamos, pues, queridos Asociados, vamos solo a Dios; permanezcamos en solo Dios; seamos solamente de solo Dios; ese es el paraíso en la tierra; no le busquemos, pues fuera de Dios.

 

Ramillete espiritual

Os lo vuelvo a repetir, mirad a Dios y no a vos mismo. Acordaos de no tener otra mira en todas vuestras acciones sino solo Dios.

Santa Margarita María

 

Oración

¡Oh Dios! ¿Por qué no os miro yo siempre como Vos me miráis a mí? ¿Por qué, Señor mío, pensáis tan a menudo en mí, y por qué pienso yo tan poco en Vos? ¿Qué haces alma mía? Tu verdadera morada es solo Dios.

Amén.

San Francisco de Sales

Día Décimo

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

Agradar a Dios

 

No bastaría ir a Dios, si no estuviésemos firmemente resueltos a agradarle. Agradar a Dios será, pues, el aspecto de la meditación de este día.

Ciertas almas, deseosas de su perfección, buscan y reclaman hasta con ansiedad un medio eficaz de conseguirla.

No dudamos en decir a esas queridas almas: aplicaos a hacer y sufrirlo todo con el solo fin de agradar a Dios, y muy pronto se abrirán a vuestra vista, anchos y espaciosos, los senderos sublimes de la perfección. Adelantaréis en ellos; a grandes pasos subiréis las más altas cimas que os parecían inaccesibles, finalmente, os transformareis en Dios desde este mundo, esperando la inefable dicha de abismaros en Él por toda la eternidad.

La amorosa y filial aplicación de agradar a Dios en todas las cosas, consigue un fin tan elevado; ¿y de qué extrañarse? ¿Acaso no es el camino opuesto el qué arrastra tantas almas al abismo?

En efecto, ¿Qué es lo que desagrada a Dios? ¿Qué es lo que nos aleja de Él y nos priva de su gracia? Una sola cosa, el pecado. Este mal espantoso, el más grande de todos los males, abre un abismo insondable entre nuestro corazón y el Corazón de Dios, pero no temáis que tal desgracia suceda al que busca la faz del Señor y procura, siempre y en todo, serle agradable. Suponed una pobrecita alma, sencilla e ignorada, desprovista de ciencia y de talento, pero penetrada del más vivo deseo de agradar a su Dios y de contentarle en todas las cosas; la veréis huir con el mismo ardor de todo lo que puede contristarle y desagradarle, es decir, del pecado. Sin duda que se le escapan algunas faltas de fragilidad, porque aún el justo cae siete veces al día, pero se levanta al instante.

Por tanto esa alma es pura, es fervorosa, es ágil en el amor: Se la ve correr, volar hacia el fin único que le preocupa y seduce: agradar a Dios. Con eso solo ya ha subido y llegado a la cima de la perfección.

El Creador ha puesto en lo íntimo de cada alma, ese atractivo hacia Sí; estamos poseídos, atormentados de él, sin apenas darnos cuenta de ello. Y si la seducción de lo que es palpable, material, sensible no nos arrastrase hacia las criaturas, nos lanzaríamos hacia nuestro inmortal destino, con el ardor “del ciervo sediento que corre a la fuente de agua viva”. Exhalaríamos sin cesar el clamor del profeta Rey: “Quién me diera alas de paloma para volar al lugar de mi descanso”, al Corazón de mi Dios. Este Centro divino nos atraería más invenciblemente que el centro de la tierra a la piedra lanzada en los espacios. Nuestras aspiraciones irían subiendo, subiendo sin cesar, hasta que consiguiésemos aquel bienaventurado término del que N. S. J. C. hablaba en la hora de su suprema despedida: “Padre, Yo quiero que allí donde Yo estoy, estén también conmigo los que me diste”.

He aquí porque los corazones puros, los corazones desprendidos de las criaturas y de sí mismos, los corazones que han roto todos los lazos terrenales, no tienen ya sino una sola cosa que les atraiga: buscar al Señor, obrar bajo su divina mirada, esforzarse para satisfacerle, para complacerle y regocijarle; todo lo cual se encierra en estas tres palabras: Agradar a Dios.

¿Cuánto no hacen los profanos, los mundanos, para atraerse la atención, las amistades, las preferencias de los seres que han cautivados sus corazones? Y eso porque están persuadidos que si logran agradarles, pronto adquirirán también la estima, y por último el afecto de esos predilectos de su ternura.

Lo mismo sucede, y aún más, en el caso que nos ocupa. Aquella querida alma que pone todo su conato en agradar a su Padre celestial, que pretende “arrebatar su Corazón con una de sus miradas y con uno de sus cabellos”, es decir, por los actos más nobles como por los más vulgares de su vida, estad ciertos que por este mismo hecho, ha conquistado la estima y el amor del Dios de su corazón. Él la mira con complacencia y repite a sus Ángeles lo que en otro tiempo les dijo del Santo Job: “¿Habéis visto a mi fiel sierva y admirado sus justicias?” Le seduce esa fidelidad amorosa de todos los instantes; y dirigiéndose a aquella alma: “Hija mía, amada mía, le dice, como a la Esposa de los Cantares, habéis herido mi Corazón”.

Sí; este Amante celestial tiene en su divino Corazón una herida de amor causada por las flechas que le ha lanzado su pequeñita y humilde criatura, en cada una de las acciones que ha hecho para agradarle.

Y no nos admiraremos de tal condescendencia de parte de Dios: Él es Padre; nosotros, la Obra de sus manos, llevamos su adorable semejanza; y así como un padre de la tierra se baja, se hace como un niño para acercarse a su tierno  pequeñuelo y colmarlo de caricias, así nuestro Padre celestial se conduce con nosotros: ¿y quién puede ponderar hasta donde llega su divino amor?

Pero acaso me diréis ¿y cómo realizar este fin ideal de agradar a Dios?

Preguntando uno a San Francisco de Sales que podría hacer para adquirir el amor de Dios: “Amarle” le respondió. Lo mismo diremos nosotros a los queridos Guardias de Honor.

Para agradar a Dios es menester procurar agradarle: a imitación de nuestro dulcísimo Salvador que, hablando de su Padre celestial, decía: “Yo siempre hago lo que le agrada”.

Orando, trabajando, sufriendo, luchando, es como podremos decir al Señor: “Dios mío, ya lo veis, por agradaros me entrego a ese penoso trabajo, sobrellevo a ese prójimo malévolo, paso esta contrariedad, sufro ese otro malestar; por agradaros me sobrepongo a tal antipatía, ahogo tal resentimiento, triunfo de esa mala inclinación, lucho a más no poder conmigo mismo…. Sí; agradaros es mi única pasión, mi ambición única, ¡oh Dios de mi vida!, ¡oh Amado mío y Todo de mi corazón! Amén.

 

Ramillete espiritual

En todo lo que hagáis no tengáis otra mira ni deseos sino el de agradar a Dios.

Santa Margarita María

 

Oración

¡Oh dulcísima Voluntad de mi Dios, sed para siempre cumplida! ¡Oh designios eternos de la voluntad de mi Dios, yo os adoro, consagro y dedico toda mi voluntad, para querer siempre y eternamente lo que Vos ab-eterno quisisteis! ¡Oh! ¡Cumpla yo hoy y siempre en todas las cosas vuestra divina Voluntad, dulcísimo Creador mío! Si, Padre Celestial, así sea, porque así fue vuestro beneplácito desde toda la eternidad.

Amén.

San Francisco de Sales

Día Decimoprimero

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

Escuchar al Espíritu Santo

 

¡Hemos reconocido la necesidad de orientar nuestra vida hacia Dios y hacia Dios solo!. Pero tal es nuestra miseria, que ni aun esto podemos hacer sin la asistencia de la gracia. La obra de Dios, es en efecto, tan múltiple, son tan variados sus caminos y al mismo tiempo tan especial a cada uno de nosotros, que si no tomamos otro guía que nuestra inspiración propia, correremos inminente riesgo de torcer la senda que a Él nos conduce.

¿Quién, pues, será el que podrá indicárnosla?

Escuchemos al Espíritu Santo. Pues si Dios Padre, a título de Criador, ha sacado nuestra alma de la nada por un acto de su poder y continúa conservándonos por una asistencia no interrumpida que podríamos llamar una segunda creación; si Dios Hijo, a título de Redentor, después de haberla rescatado a precio de su Sangre se lo aplica constantemente por la efusión de sus gracias por medio de los Sacramentos; Dios Espíritu Santo, a título de Santificador, se ocupa sin cesar, por una acción oculta pero muy real y verdadera, en cultivar esa flor del paraíso, en limpiar esa viña del Señor, en pulir esa piedra de la Jerusalén celestial, en llevar, en fin, a esa hija del Cielo hacia el fin a que tienden sus esfuerzos; su santificación en este mundo y su glorificación en el otro.

Confesamos ingenuamente que jamás habíamos pensado hasta qué punto interviene la tercera Persona Divina en el trabajo sobrenatural de nuestra perfección. Generalmente se piensa poco en el Espíritu Santo; raras veces se le invoca; menos aún se le toma por consejero y guía en los caminos de la salvación.

Y sin embargo, toda alma deseosa de llegar a la perfección, debe fervorosamente encomendarse a este divino Espíritu. Es un Maestro docto y paciente, suave y fuerte a la vez, que forma diestros y experimentados discípulos; todos los Santos se formaron en su escuela.

Basta escucharle y obedecerle.

Pero ¿dónde y cuándo habla, preguntaréis? El Real Profeta nos lo enseña: “Audi am quid loquatur in me”. Escucharé, dice, lo que el Señor dirá a mi corazón.

En el corazón es donde habla, en efecto; allí sin ruido de palabras, nos instruye, nos excita, nos corrige, nos levanta, nos dirige, nos fortifica y consuela.

Su Unción nos ilustra en todas nuestras cosas. Esta Unción es una suavidad que se dilata en el alma y ablanda todos los resortes de su acción. Es un bálsamo que se derrama en ella y la perfuma con un aroma celestial. Es una atracción secreta hacia el interior de nosotros mismos, donde tiene su asiento la divinidad, y que, separándonos de las cosas perecederas, cuya vanidad nos muestra, nos enriquece sin tardar con los bienes verdaderos de la gracia. “Vosotros, escribía el Apóstol San Juan a los primeros cristianos, habéis recibido la Unción del Hijo de Dios; conservad esta Unción y no necesitareis que nadie os instruya, pues lo que la Unción os enseña, es la verdad”.

¿Quién de nosotros, queridos Guardias de Honor, al experimentar alguna vez la suavidad de esta Unción, no se ha sentido al momento mejor dispuesto, más apto para el cumplimiento del deber, más animoso ante los obstáculos, más atraído a la virtud, más cerca, en una palabra, del Cielo al que aspiramos?

De esta levadura poderosa, de esta gracia selecta, de este comercio admirable con el Espíritu Santo, quisiéramos hablar ahora, a fin de que apreciando en su justo valor este tesoro inestimable, hiciéramos los mayores esfuerzos para enriquecernos con Él.

Para atraer a nosotros el Espíritu de Dios, es menester ofrecerle un corazón puro, una conciencia limpia de todo pecado grave. Una vez atraído, es menester retenerle, y para eso entablar con Él esas comunicaciones íntimas que consisten en consultarle, escucharle, en no obrar sino por su impulso, no resistirle jamás, ni contristarle nunca.

Mientras que con un oído escuchamos las voces de fuera, es menester que con el otro oigamos la voz de adentro, es decir, la voz del Espíritu Santo.

Sí: tiene que hablarnos; y para ser oído, reclama nuestra atención: “Escuchad”. Hace más; Él exige algunas veces el silencio de la soledad: “Llevare a mi amada a la soledad y  allí le hablaré al corazón”. Esta palabra interior poquísimos la oyen, porque muy pocos saben guardar silencio, recogerse y escuchar.

“Oigo la voz de mi Amado”, dice la Esposa en los Cantares. Ella la oye porque presta oído. Distraída, disipada, inquieta y vagabunda, no la hubiera comprendido ni acogido. Si queremos nosotros trabajar seriamente en nuestra salvación, debemos, a su ejemplo, mantenernos escuchando.

La dirección exterior podrá faltarnos; pero cuando un alma se ve privada de ella a pesar suyo, la dirección interior del Espíritu Santo suple suficientemente y basta para ilustrar, guiar, perfeccionar a un alma recta, recogida y dócil. ¡Quién duda que esta será la dicha de todos los Guardias de Honor!

 

Ramillete espiritual

Id llenos de fe a entregaros a merced de su Providencia, para ser una tierra que Él pueda cultivar a su gusto y sin que le pongáis resistencia.

Santa Margarita María

 

Oración

¡Ay! ¿Qué soy yo de mí mismo? No otra cosa, Señor, que una tierra seca, abierta por todas partes, que manifiesta la sed que tiene de la lluvia celestial; que el viento la disipa y reduce a polvo. ¡Aléjate de mí, oh brisa infructuosa que secas mi alma! Y ven viento precioso de las consolaciones interiores, sopla en mi jardín y sus buenos afectos derramarán el olor de suavidad. (Cant. IV, 16)

San Francisco de Sales

Día Decimosegundo

Mes Sagrado Corazón

Se reza como el primer día, la Oración para todos los días, la Meditación del día y la Oración final

Querer

 

El hombre, está noble criatura salida toda hermosa de las manos de su Criador, ha sufrido, por la prevaricación de nuestro primer padre, una decadencia lamentable.

Las tinieblas se han derramado en su maravillosa inteligencia, antes iluminada con todos los esplendores de lo alto, que irradiaban todos los fulgores de este universo, del cual Dios le había hecho rey.

Su corazón inocente y puro, cuyos transportes armoniosos subían por sí mismos hacia el bien sumo, no da ya más que sonidos inertes y discordes como una lira quebrada.

Su voluntad, aún más profundamente herida todavía; es también más difícil de curar; es un arco sin tensión; el hombre no sabe ya querer.

Cada uno de nosotros, amadísimos consocios, ¿no lo ha experimentado desgraciadamente en sí mismo? Esta fue la plaga de todos los siglos y es el contagio del nuestro. A la perspectiva de un deber que nos incumbe, en presencia de un bien claramente propuesto a nuestra energía, ¡cuán a menudo pudiéramos decir con el gran Apóstol: “Yo no hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero” nos falta, pues, voluntad.

Querer con energía, con perseverancia, es cosa sumamente rara en nuestros días. Y, no obstante, para conseguir un fin cualquiera, es menester querer así. Para realizar, sobre todo, el importante trabajo de nuestra santificación, es menester querer, y querer con un valor indomable. El poder de la voluntad llega a ser entonces sorprendente; y de ahí el axioma: “Lo que vivamente se quiere, fácilmente se ejecuta”.

¿Por qué, amados Guardias de Honor, no volveríamos nosotros esta facultad absoluta hacia nuestro perfeccionamiento sobrenatural para decir desde hoy: ¡con la ayuda de la gracia, yo quiero salvarme, quiero sobrenaturalizarme, quiero llegar a ser Santo!

El fin capital de nuestra vida no es otro.

Dios no nos ha creado más que para conocerle, amarle, servirle y merecer de ese modo poseerle eternamente.

No debemos perder jamás de vista este objetivo. Desde el despertar hasta la última hora de cada uno de nuestros días, el pensamiento de nuestra salvación eterna debe ocupar el primer término en todas nuestras ocupaciones y preocupaciones. Todo debe derivar de ahí y volver ahí. Cada uno de nuestros actos, debe hacerse teniendo en cuenta este fin y tendiendo a él con rectitud.

Para eso, es preciso afianzar nuestra voluntad contra los desmayos nativos, que nos son tan naturales y frecuentes; conviene poner activamente al trabajo esta noble facultad; en una palabra, es menester saber querer.

Querer, en el acto de levantarse, para sacudir la flojedad, que es el amor del descanso. Querer, a fin de consagrar a Dios con fervorosa oración las primicias del nuevo día. Querer, para cumplir fielmente la tarea cotidiana que nos ha trazado la Providencia. Querer, para sobrenaturalizar nuestra vida, haciendo todas nuestras acciones a fin de agradar a Dios y cumplir su santísima Voluntad. Querer, para destruir tal ídolo, tal inclinación, tales relaciones que comprometen nuestro eterno porvenir. Querer, para reformar este carácter duro, soberbio, sombrío y susceptible, que martiriza a los que nos rodean. Querer, para sobreponerse a aquella antipatía, sacrificar aquel resentimiento, abatir ese orgullo que hiere a nuestro prójimo, y  más aún al Corazón de Jesús.

Porque ya no se sabe querer, las generaciones se abaten, los caracteres se doblegan, los valientes son ya raros y los valientes tienden a desaparecer de la tierra.

  En efecto, de todas las empresas ninguna requiere más animoso querer que la santidad.

Hablando un día Santo Tomás de Aquino de cosas espirituales con su hermana, ésta le preguntó: “¿Qué es menester hacer para ser Santa? “Quererlo”, le respondió el Ángel de las escuelas. Y como insistiese aquella en la pregunta, “para llegar a ser Santo, le repitió su hermano, es preciso quererlo y nada más que quererlo”.

Que los amados Guardias de Honor recojan estas palabras, y acordándose que solo Dios da el querer y el poder, imploren el divino socorro con la oración, y fortifiquen luego su voluntad al contacto del divino Corazón de Jesús, considerándolo, sobre todo, en el momento en que saliendo del Cenáculo para ir a Gethsemaní, dijo victoriosamente a sus discípulos: “A fin que conozca el mundo que Yo amo a mi Padre, levantémonos y vamos…” y se lanzó así al sufrimiento, al Calvario y a la muerte.

A su ejemplo, queridos Asociados, sepamos querer. Querer a Dios, su santísima voluntad, su leal servicio, sin que nos doblegue la malicia, la apatía o la dejadez. Toda ciencia de la vida se compendia en esto; ahí está también su fecundidad, su fuerza, su seguridad y su honor.

Amados Asociados, sepamos querer.

 

Ramillete espiritual

      No hace falta más que un “yo lo quiero”, para entregarnos completamente a Dios.

Santa Margarita María

 

Oración

Señor mío Jesucristo, único santificador y glorificador de las almas, os ruego por los méritos de vuestra preciosa Sangre, que me concedáis gracia eficaz para serviros todo el tiempo de mi vida, sobreponiéndome animosamente a todas las dificultades que se me presentaren en el camino de vuestro divino servicio, a fin de que yo merezca hacerme participante de la misma gloria que Vos gozáis en el Cielo.

Amén.

San Francisco de Sales